miércoles, 9 de diciembre de 2009

Ardo

No es posible que tenga tantas ganas de llorar. Mis lágrimas no se despiden de mis ojos, pero mis manos pueden escribir algunas palabras sin sentido.
En mi pecho golpea una voz que quiere gritar, que patea y rasguña el corazón ensangrentado. Mis manos buscan nerviosas cómo parar aquel dolor que se produce. Arrancan la tela que cubre mi piel. La arañan, la rompen, la quitan del camino. La sangre brota. Pedazos de carne caen al suelo. Me duele. Cómo duele...
Me duele el camino en el que me encuentro ahora. Claramente no es una buena idea destrozar el pecho en el que habita tal dolor, pero ya es muy tarde. Tenemos que llegar al principio de tu problema.
Llego a tocar este corazón adolorido. Arde. Golpea y agita todo mi cuerpo lleno de lágrimas carmesí. Mis brazos paran de maniobrar, sólo quiero abrazarme para mantener todo adentro, aunque en realidad quiero sacarlo todo. Me duele. Y tú estás cerca del Sol que quema, que intenta no dejarme a salvo, que me incendia.
Muerte súbita.
Mi corazón yace en aquellas manos sin vida, que apagaron al Sol con el que vivían. Mi corazón en llamas, llora por sí sólo, y me duele. Yo muerta, tu vivo, yo lloro. Mi corazón va despacio, y cae amarrado de los pies en una ciudad desconocida.

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