Caminamos por las calles de París. Son las dos de la mañana, no hay gente. El ruido se intenta esconder dentro de diferentes locales en los que la gente no piensa en más que la rubia que tiene al frente.
El humo viaja de mesa en mesa, y nadie se da cuenta de nuestros pasos haciendo salpicar charcos de gasolina filtrada por el cielo. La lluvia nos cae en la cara, el viento nos acaricia. Mi pecho está helado, tal y como me gusta.
Tú tienes frío, por eso estamos juntos.
Tengo calor.
Cuando nieva por las calles de un pueblo alemán, dejo un camino de agua atrás mío. Por eso me sigues, cuando el aire caliente te arropa, te envuelve, y si seguimos dentro de esta vida loca, nos podremos reír hasta que la risa sea respirar.
Entonces paramos, y vivimos dormidos, en una hamaca, en la arena, con agua, con mar, con calor y hielos que se derriten sobre mí. Y tú ahí.
Seguimos caminando sin destino aparente, las calles están mojadas, el mundo, angurriento de olvido, choca en un descuido, en la prisa por llegar a la cama que se hunde para dejarnos nadar en aquel pudín de chocolate que no me gusta, pero por el que nadaría contigo hasta encontrar algo más que sólo una noche mojada.
Si encontramos un número incontable de noches y días en los que podamos vivir por París desnudos, caminando entre paredes rojas, parques solitarios, puentes y aquel bosque berlinesco será cuando encontremos el núcleo de este viaje, de esta vida que nos hace un poco más locos, un poco más enfermos, un poco más inteligentes, con vida, tú conmigo, y yo a tu lado.
Hasta que se termine el
p
u
d
í
n
.
Entonces paramos, y vivimos dormidos, en una hamaca, en la arena, con agua, con mar, con calor y hielos que se derriten sobre mí. Y tú ahí.
Seguimos caminando sin destino aparente, las calles están mojadas, el mundo, angurriento de olvido, choca en un descuido, en la prisa por llegar a la cama que se hunde para dejarnos nadar en aquel pudín de chocolate que no me gusta, pero por el que nadaría contigo hasta encontrar algo más que sólo una noche mojada.
Si encontramos un número incontable de noches y días en los que podamos vivir por París desnudos, caminando entre paredes rojas, parques solitarios, puentes y aquel bosque berlinesco será cuando encontremos el núcleo de este viaje, de esta vida que nos hace un poco más locos, un poco más enfermos, un poco más inteligentes, con vida, tú conmigo, y yo a tu lado.
Hasta que se termine el
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