viernes, 11 de diciembre de 2009

Lunática

Aquella fue la primera vez que sus ojos se posaron en mí. No quería mirarlo, sólo quería caminar y escapar de aquella encrucijada.

De su boca no salían serpientes como pensaría cualquiera que reconociera aquel olor a ácido veneno proveniente del norte. Salían arañas. Puntiagudas, peludas, negras, rojas, grandes y chicas. Arañas que taladraban el piso y me acorralaron haciéndome conocer el sudor frio del que habla mi mamá cuando piensa en tiburones.

Es un misterio verlo a los ojos. Es casi imposible decifrar aquellas palabras disfrazadas. Me confunde. No puedo leer alguna pista que despeje el camino en el que nos encontramos. Sólo me hace pensar que en esta escena él es el otro. Pero no mío. Sólo es un dibujo diluido.
Quisiera que existiera lluvia hoy, para derretirme y dejarme fluir por una grieta que nos transporta a otra parte. No contaminaríamos este mundo hecho de abono que los Dioses separaron para adornar este feo árbol de navidad.

Desaparecer es la mejor idea, pero es la única que no se pone en práctica en un momento como este. Pende un cuerpo tranquilo con ojos felinos de una fina cuerda que aquel ser humano, si es que lo es, intenta coger para atrapar junto con las arañas. Feas arañas. Las mataría. Si no me dieran miedo.

Talvez es un poco de locura mía. Puede que en sus ojos se reflejen agudas risas que se consumen en mis miedos haciéndome caer de la silla en la que estoy sentada. Puede que él sólo lo quiera para sí mismo. Quiere que camine por el mundo junto a él y tomen un poco de este mar de locura para vivir con una media sonrisa que se convierte en carcajadas. (En ese mundo no existe la chica que se sienta a su costado).

Lunática. No puedo separar ninguna realidad. Estoy dando vueltas entre la marea, entre agresivas olas que me llevan de arriba a abajo, o eso es, al menos, lo que creo. No encuentro el aire, el oxígeno del agua no es suficiente, es sofocante, es una pelea que no puedo ganar.

Uno nunca gana al enfrentarse al mar. Al salir de aquella revolcada sin sentido, la garganta arde en fuego, las piernas no responden a ningún reflejo. Solo existe dolor. Los ojos rasposos de arena, de sal muriática no quieren vivir. Uno nunca gana al enfrentarse al mar. Quisieran regresar a la muerte que significaba bailar en el agua, porque el dolor de ahora es real, y cuando respiras duele cada parte que dentro del mar no sabías que existían.

Lunática.

Te está mirando y trae consigo herramientas del pasado, para que intentes meterte a esta cueva de la que no hay salida.

Odio cómo me mira. Odio más cómo lo mira a él. Su risa lo contagia. Yo no sé qué piensa, él. Me gustaría saberlo. Pero eso no ocurre. Y cuando termina este frio encuentro (de una vez por todas), el hombre con el que camino no es el mismo.

Ha cambiado en algo. No es más alto, ni mas delgado. Ha cambiado algo en él. Sus ojos no son mis ojos. No me mira. Me mira y me convierto en una sombra trasparente que no existe, que se disolvió en el mar. ¿Será de nuevo él, o yo seré una lunática?

De esta pileta se derramaron muchos poemas tristes. Cuántos años le repiten que debe de dejar de hacerlo de esa manera. Es díficil. ¿Imposible? No puede dejar de hacerlo si es aquel, el único líquido con el que la llenan.


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