
Hoy día a las 10 de la mañana me di cuenta que La Luna Nos Persigue. Cuando despierto no hay oxígeno en el techo. El techo me atrapa, me tiene condenada, me aprisiona y me deja posarme en la cama.
Hoy día respiro, sin oxígeno respiro después de mucho tiempo. Nací hace setencientos noventa y dos horas, y mis ojos recién miran todo lo que no había existido antes de aquel ligero tiempo en el que fui una burbuja que flotaba por las calles de San Isidro.
Veo a estas serpientes, como se acercan, seductoras. Son lo más bonito que he visto. Avanzan sutilmente, calculan cada movimiento y me sonríen cuando llegan a mis pies descalzos que se hunden en una cama de tantos metros.
La primera sensación: Cosquillas, empiezan por mis dedos, llegan al empeine y empiezo a sentir como hierve mi sangre que antes parecía gozar de pura tranquilidad. Suben por mis tobillos, los acarician suavemente y a mí se me dificulta seguir mirando.
Mis muslos tiemblan, llego a la segunda sensación, no puedo dejar de retorcer mis pies, están inquietos y mi respiración se hace más fuerte, más lenta, más rápida y ellas siguen subiendo. Siguen de largo y hacen que todo mi cuerpo tiemble violentamente, una llega a mi ombligo, la otra juega con los huesos de la cadera, esos que todo el mundo sabe que causan mil y un sensaciones debajo de la cintura.
Sube por mi pecho, juega con mis pezones, los rodea, los acaricia los mira desde todos los ángulos. Creo que no quiere dejarlos ir, yo no protesto, tienes luz verde. Son dos ula ula que me dan vueltas en diferentes partes del tiempo, las dos han creado algo distinto, algo que no había sentido antes de que pasaran setecientas noventa y dos horas.
Estos seres seductores, serpientes, que me miran a los ojos, que me hablan con miradas, sólo quieren una cosa. Dicen que ahora me doy cuenta de que tengo un cuerpo: dos piernas que incluyen dos pies, una cadera que no para de moverse, un ombligo, un buen ombligo. Dos tetas que aveces quieren escapar de mi cuerpo y que suben hacia mi clavícula con dos orejas, dos ojos que te miran y una boca que no quiere parar de besarte.

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